dilluns, 19 de març de 2012

Habitación 452

Eran casi las 19:00, desde la ventana se veían las luces de una calle de Boston, al otro lado del cristal una pequeña habitación de hotel con la moqueta desgastada y las paredes forradas a parches con diferentes tipos de madera. El pequeño dormitorio se componía además por una cama de matrimonio recubierta con una manta de color verdoso y una mesita a cada uno de sus costados. Enfrente un viejo escritorio de nogal y un taburete a juego que contrarrestaba con el pequeño sofá de tela roja que había junto a la ventana y con el antiguo mueble bar.
La habitación estaba vacía a excepción de dos  maletas, una de ellas de una voluptuosidad considerable y la otra mucho más reducida, que yacían sobre la cama y un par de folios que descansaban sobre el escritorio.
La pequeña lámpara de luz intermitente que estaba sobre el escritorio dotaba de ráfagas de luz y oscuridad a las hojas con la misma eventualidad.
Todo estaba bañado por ese silencio espeso e incomodo que transforma el aire en algo tan denso  que llega a clavarse en los pulmones y que a su vez hace que parezca que el tiempo se pare, sin embargo el reloj seguía avanzando sus manecillas dotando de movimiento a aquella fotografía.
Casi dos horas más tarde la puerta se abrió. El cuerpo cruzó la habitación entera sin encender ninguna luz y cogiendo las hojas del escritorio se sentó a leerlas en el sillón de tela rojiza. Al poco desvió su mirada por encima de los folios quedándose atónito en la contemplación de las maletas.
A los pocos segundos emitió un suspiro y volvió a la lectura de los folios que sostenía, sin embargo no podía evitar ir desviando su mirada hacia cualquier lugar de aquella habitación, como si pretendiera huir de las palabras que estos contenían. A ratos miraba como parpadeaba la bombilla de la lámpara que seguía encendiéndose y apagándose, cuando se cansaba volvía a leer y al poco rato desviaba su vista hacia la imagen que había mas allá de la ventana y así hasta que finalmente se durmió.
A la mañana siguiente acabó de leer lo que tenia escrito. No tardó mucho tiempo y una vez hubo acabado entrecruzó sus dedos y reposó pensativamente su cabeza sobre sus manos.
Su mente daba vueltas como no lo había hecho nunca, no sabía si era el ambiente que desprendía aquella habitación de mala muerte, los rayos de sol que entraban tímidamente entre las cortinas y le mareaban o la necesidad de un buen trago de whisky pero se sentía mareado. Se levantó tembloroso y con las manos titubeantes abrió el mini bar, se tomó dos vasos de la primera botella que encontró y sosteniendo la botella en su mano izquierda volvió a acercarse al sofá donde tenía los folios. Los cogió y tras dar otro trago a la botella se dejó caer sobre la cama.
Mirando hacia un punto indeterminado de la pared se quitó la camisa, luego el pantalón y los apiló al lado de la cama, miró de nuevo las hojas y tras echarles un último vistazo las dejó caer encima de la ropa.
No paraba de darle sorbos a la botella y de merodear en círculos por la habitación como si intentase encontrar una respuesta a una pregunta que aun no había sido formulada.
De repente se detuvo y dejó la botella sobre la mesita izquierda, tras abrir el cajón saco una pequeña biblia y arrancó un par de hojas al azar. Las leyó y volvió a guardar el libro en el cajón. Tras tirar las maletas al suelo, volvió a aferrarse a la botella y tras dejar el recipiente casi vació acabó de gastar los últimos tragos empapando las hojas arrancadas. Enfurecido lanzó el frasco de alcohol contra el suelo y empezó a caminar en círculos descalzo sobre los pequeños fragmentos que se habían diseminado por la moqueta. Leía repetidamente en voz alta las hojas bañadas en aguardiente mientras sus pies empezaban a sangrar a causa de los cristales que se clavaban. Cada vez leía más fuerte y caminaba con más fuerza como si pretendiera domar el dolor que sentía hasta que se vio obligado a aferrarse de nuevo al mini bar. Buscó entre la multitud de botellas, estampando contra el suelo todas aquellas que iba cogiendo, sin saber que hacía se dirigió nuevamente al montón de ropa y tras dejar caer las hojas se agachó para buscar entre los bolsillos del pantalón, de él sacó una caja de cerillas y tras encender una la arrojó contra la pila de ropa y hojas. Se levantó y caminó dirección al lavabo donde se aseó mínimamente y salió de la habitación como si no hubiera pasado nada.
Caminaba por el pasillo con paso firme, tranquilo, sin ropa, ajeno a todo lo que había sucedido en la habitación. Sus pies, aun manchados de sangre y cristal, se deslizaban de forma alterna por aquel pasillo estrecho y largo mientras sonaba la alarma de incendios. Él era ajeno a todo, las cosas habían perdido todo su sentido una vez abiertas aquellas cartas que ahora se hallaban bañadas por alcohol y llamas mientras el dejaba atrás aquel viaje sin destino que había emprendido guiado por sus esperanzas, unas esperanzas que se trasformaban en humo y cenizas.


D.

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